Un día el rey Nabucodonosor, levantó una gran estatua de oro. Al sonido de cierta música todo el mundo debía inclinarse a adorar la estatua, pero como Sadrac, Mesac, y Abed-nego, amaban y adoraban a Dios, no podían amar y adorar la estatua. El rey Nabucodonosor se enfadó mucho con ellos, y decretó que debían morir. Los tres valientes muchachos fueron atados y arrojados a un enorme horno de fuego ardiente. Cuando el rey miró el horno, los vio caminando dentro, con un hombre resplandeciente, que parecía el Hijo de Dios. Los llamó, y Sadrac, Mesac, y Abed-nego, salieron como si nada, no tenían ni una sola quemadura. Nabucodonosor comprendió que Dios era capaz de socorrer a sus hijos aún en medio de un tremendo fuego. Entonces ordenó a todos que adoraran todos al Dios vivo de Sadrac, Mesac, y Abed-nego, y no una rígida estatua de oro.

Sadrac, Mesac, y Abed-nego. 

…Tres amigos, a nada tenían miedo, Sadrac, Mesac, y Abed-nego. No adoramos al ídolo dijeron Sadrac, Mesac, y Abed-nego. Nabucodonosor al fuego los echó,  estos hebreos morirán pensó. Más Dios los protegió hasta en el fuego a Sadrac, Mesac, y Abed-nego.
Tres amigos, a nada tenían miedo, Sadrac, Mesac, y Abed-nego. No adoramos al ídolo dijeron Sadrac, Mesac, y Abed-nego. En el horno hacía un calor atroz, pero rezaron y Dios los salvó.

Ni siquiera los tocó el fuego a Sadrac, Mesac, y Abed-nego. (bis).

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